Haendel en el Támesis, 1717

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Haendel en el Támesis
Recreación del paseo de George I por el Támesis en compañía de Haendel.
"It was from Haendel that I learned that style consists in force of assertion."

G. B. Shaw,  causerie on Handel in England

A Orillas del Támesis habita en el amor por lo inglés. Sin agitación pero con tenacidad, con rigor y autoridad, deseamos que disfruten de nuestros artículos como de las cosas buenas (el té entre ellas). Si puedes permitirte pagar 1 dólar al mes, conviértete en nuestro mecenas.

Para los ingleses, el compositor alemán G. F. Haendel fue lo que el italiano J. B. Lully para la corte de Versalles: un extranjero de grandes talentos que llegó para fundar un estilo nacional. Si Lully se quedó con el Sena, Haendel se quedó con el Támesis. 

Haendel tuvo la fuerza de un Julio César: llegó para tomar las riendas de la música nacional. Sin embargo, su éxito fue de síntesis. La nación ya había dado grandes nombres antes de que Haendel pusiera un pie en Inglaterra en 1717. Buen ejemplo de ellos son O. Gibbons (1583-1625) o  H. Purcell (1659-1695), dos  autores  nunca suficientemente apreciados en el continente.  Los elementos de greateness & majestry que caracterizan su obra madura se detectan ya en los autores que le precedieron. En óperas como The King Arthur (1691) de H. Purcell, una de las más bellas jamás escritas,  se encuentran escenas de estatismo elegante propias de la música de Hanendel. Por otra parte, el estilo heroico de los grandes coros del Messiah se pueden rastrear en fragmentos de su Dioclesian (1690), especialmente en Triumph, triumph, victorious love. Esta genealogía no le quita méritos a Haendel. Ningún músico de su generación supo llegar al alma de los británicos como el de Halle, que dotó a la tradición inglesa de una música moderna e idiosincrática. Como ningún otro, Haendel supo recoger el testigo de estos autores del siglo XVII y adecuarlo al gusto y las innovaciones de su tiempo. Haendel y Londres se conquistaron mutuamente. Él lo hizo asumiendo el reto de construir el fundamento de una música nacional que pudiera competir con las grandes tradiciones francesa e italiana; a Inglaterra, le bastó con su  lifestyle. 

UN FESTIVAL PARA HAENDEL

Durante su vida en Inglaterra entre 1717 y 1759, Haendel sufrió los altibajos propios de una vida de artista, y los fracasos sucedieron a los éxitos en una alternancia que parece inevitable. Su carrera se desarrolló básicamente en los escenarios operísticos con títulos como Ariodante, Alcina o Giulio Cesare, que cambiaron el rumbo de la historia de la música. Sus especiales dotes para la melodía en detrimento de un virtuosismo sobrecargado, le valieron tantas críticas como elogios. En sus últimos tiempos dio un importante giro hacia la composición de oratorios sacros, el más célebre de los cuales fue su Messiah Ciertos ambientes aristocráticos con marcada tendencia nacionalista se opusieron a Haendel, y nunca dejaron de maquinar a favor de otros compositores locales. A pesar de gozar del favor del público, el éxito definitivo llegó con su muerte. A título póstumo, Inglaterra devolvió con creces lo que él había conseguido por la nación. En su exhaustivo An account of the musical performances in Westminster Abbey and the Pantheon, May 26th, 27th, 29th; and June the 3d and 5th, 1784. In commemoration of Handel, Charles Burney describió con toda suerte de detalle uno de los acontecimientos musicales más importantes del siglo: los épicos homenajes para el 25 aniversario del fallecimiento del célebre autor.

La ocasión se convirtió en el festival más importante que se había dedicado a la memoria de un músico.  En dimensiones y fasto quizás no haya sido superado hasta el siglo XX, siendo las jornadas  wagnerianas en Bayreuth su único parangón en el siglo xix. A los festejos acudió toda la nobleza de la época y, por supuesto, todo fue auspiciado, financiado y presididos por George III. Para la ocasión, no se reparó en gastos y en número de efectivos, estableciendo la tradición británica de interpretar la música de Haendel con conjuntos vocales e instrumentales muy numerosos.

En la misma abadía de Westminster, se alzó una estatua de mármol del compositor (ver imagen), un honor del todo inaudito para un compositor y de la que sólo volvería a gozar Beethoven en la década de 1840. 

Estátua de Händel
Estatua de Haendel, erigida en Westminster después de su fallecimiento. El maestro está completando la partitura de su célebre oratorio Messiah (1741). En su gesto y semblante, la nobleza marmórea de las imágenes romanas.

Un genio moderno

Las festividades celebradas 25 años después del fallecimiento de Haendel  fueron la culminación de un proceso de santificación que empezó inmediatamente después de su muerte. De esa semilla inglesa es heredero gran parte del pensamiento musical europeo de los dos siglos posteriores (que no es poco).  Y es que, en efecto, fueron los ingleses quienes a través de la figura de G. F. Haendel, inventaron y dieron forma a la noción moderna de genio musical.

La temprana biografía escrita por el casi olvidado J. Mainwaing  en 1760 (que espera pacientemente la traducción al español), sentó los cimientos de todo lo que a nuestros ojos ha resultado genial en un compositor. Tal como brillantemente resume en su El poseedor y el poseído el erudito Peter Kivy, Mainwaring estableció la noción de genio musical a través del análisis de la vida y obra de Haendel, rastreando unos rasgos que serán comunes a todos los genios del siglo posterior. Una infancia reprimida,  innatas habilidades, un espontáneo dominio de la técnica  y un especial talento para transformar las emociones en sonidos son el fundamento de esta concepción. El empeño británico en dar a Haendel el estatus de un literato o un pintor, artistas ya reconocidos en tanto que Artes mayores, fue nada menos que el punto de partida del romanticismo en el campo del pensamiento musical.  

WATERMUSIC: haendel en el támesis

Pero, ¿cómo se ganó Haendel ese lugar especial en los corazones británicos? Si una imagen resume esa historia, es la del músico de Halle dirigiendo una orquesta  de 50 instrumentistas subidos a una barcaza, amenizando los paseos del Rey por el Támesis. El conjunto acumulaba una ingente cantidad de instrumentos de viento, y en especial de metal, que para interpretar al aire libre son mucho más efectivos que los de cuerda. La obra contenía una buena selección de música ligera, Horpipe y minuetos al gusto de la época. El resultado de ese experimento fue una extravagancia de tal calibre que constituyó la envidia de cualquier monarca. El alemán G. Ph. Telemann copió años más tarde la idea en su propia Wassermusik para ser ejecutada en el Elba, el río de Hamburg, componiendo una obra del mismo corte para celebrar el centenario del barco Admiralitätsyacht Hamburg. 

Imagen del Támesis
Canaletto, 1. (1747). Westminster Bridge, with the Lord Mayor’s Procession on the Thames (detalle). 

La Watermusic fue una de las primeras obras que, en 1717, Haendel compusiera para el rey Jorge I. Existen muchas historias espurias sobre el origen y la motivación de la pieza, pero lo que es seguro es que gracias a ella se ganó el favor del monarca y constituyó un triunfo sin precedentes. Esa primera interpretación de las suites se describió en el periódico londinense Daily courant, que dedicó un exhaustivo relato del episodio al día siguiente:

Alrededor de las ocho de la tarde del miércoles 17 de julio, el rey Jorge I y varios aristócratas se embarcaron en una barcaza real en el palacio de Whitehall. Su plan era hacer una excursión por el Támesis en dirección a Chelsea. La marea creciente impulsó la barcaza corriente arriba sin necesidad de remar. Otra barcaza, proporcionada por la Ciudad de Londres, llevaba a unos cincuenta músicos que interpretaron la música de Haendel. Muchos londinenses se acercaron al río para oír el concierto. El Támesis estaba cubierto con barcos y barcazas. Al llegar a Chelsea, el rey abandonó la embarcación y  luego regresó a ella alrededor de las once de la noche, para el viaje de vuelta. El rey  quedó tan satisfecho con la obra que ordenó que se repitiera al menos tres veces, tanto en el viaje corriente arriba hasta Chelsea como a la vuelta, hasta que puso pie a tierra de nuevo en Whitehall[1].

Un cálculo actual del recorrido desde el palacio hasta Old Manor House Garden representan unas tres millas de distancia por el río. Aunque de arquitectura cambiante, el paseo continúa siendo tan exquisito hoy como en su día: navegado uno se encuentra con el Palacio de Westminster y con la abadía al fondo; el Big Ben y el puente de Westminster; Victoria Tower Gardens, el museo Tate y varios jardines hasta llegar a Chelsea.  

Gracias a los esfuerzos de la BBC, en 2009 se recreó para la televisión ese épico momento de la historia de Inglaterra, magistralmente dirigida por Andrew Manze al primer violín.

El acierto de Haendel con su Watermusic es indiscutible tanto por lo que fue, como por lo que representó en su momento. En términos técnicos, su música resume lo mejor de la ligerezas armónicas de la tradición italiana y el fasto orquestal de la francesa, añadiendo ese carácter regio del estilo británico. El resultado es especialmente brillante, todo un logro. El genio de Haendel, como el de J. S. Bach, es grandioso porque sigue interpelando a las conciencias. Si al escuchar la Watermusic o la  Music for the Royal Fireworks uno no se siente embargado por el espíritu de la nación inglesa y si no le arrebatan también unas irrefrenables ansias de pasear por las orillas del Támesis, es que quizás no debe cruzar nunca Pas du Calais.


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[1] The Daily Courant, 17 Jul 1717, pp. 76–77, citado por Burrows, Donald (2012) en Haendel