El hambre infinita de la Reina Victoria de Inglaterra

/
5963 vistas
4 minutos de lectura
La reina Victoria
A Orillas del Támesis habita en el amor por lo inglés. Sin agitación pero con tenacidad, con rigor y autoridad, deseamos que disfruten de nuestros artículos como de las cosas buenas (el té entre ellas). Si puedes permitirte pagar 1 dólar al mes, conviértete en nuestro mecenas.

Generalmente, cuando uno piensa en una reina imagina a alguien como Romy Schneider en el papel de Sissi: elegante, de cintura estrecha, sonrisa paralizante y un vida interior de lo más noble. La reina Victoria no fue una mujer elegante, en sus vestidos (de luto durante décadas) cabían cuatro Romy Schneider y era bajita como un tapón: poco más de metro cuarenta. Se sabe que sus esfuerzos por mantener la línea se fueron al traste cuando enviudó de su querido Príncipe Alberto de Sajonia. Hundida por haber perdido al amor de su vida, Victoria emprendió lo que algunas mujeres considerarán un magnífico ejercicio de auto-afirmación: abandonó las dietas, los apretados corsés que le embutían las carnes y se abandonó a un sinfín de platos indios, a las delicias de la cocina francesa y a todo lo que se le pusiera por delante. No tardó más de una década en convertirse en esa Queen Victoria que ha quedado en las fotografías de la época.

Se sabe que en 1897, cuando celebró sus 60 años en el trono, Buckingham Palace ofreció una espléndida cena (banquete, para ser precisos) que consistía en 13 platos y que se alargó durante horas. Entre la sublime selección de platos cabe destacar bernoise à l`impératrice, caille à la d’Uzelle y canapés à la princesse, tres exquisiteces de las que podríamos hablar largamente en otro post. Sin embargo, el hambre voraz de su majestad era tan impresionante como la ceremonia de descabezar el huevo de Luis XV: en 30 minutos podía literalmente devorar siete u ocho platos.

Las espléndidas mejillas de la Reina Victoria.

Sus desayunos diarios eran como banquetes, las comidas copiosas y las cenas indigestas. A menudo la reina se quejaba de dolores de estómago que le quitaban el sueño durante las largas noches en la que se había excedido con el pudding. En una ocasión en que su médico personal le recetó un brebaje a base de leche y trigo, la reina respondió que le trajeran carne asada y helado de postre. En otra se le encomendó a comer sólo cuando tuviera hambre, sugerencia a la que Victoria respondió: ¡es que yo siempre tengo hambre!

Su pasión desmedida por engullir se trasladó, por supuesto, a la corte. La Reina organizaba banquetes fastuosos por cualquier nimiedad, incluyendo siempre platos de los cuatro costados del mundo. En las grandes ocasiones hacía ingestas heroicas de bacalao con salsa de ostiones, patas de pato en salsa Cumberland y asado de cordero. Entre plato y plato mantenía un bufet libre con platos calientes y fríos para el que tuviera antojos antes de los platos principales. Sin embargo, los platos tenían que retirarse en el momento en el que Victoria terminaba, así que no le convenía a uno charlar demasiado si no quería quedarse sin cenar. Marie Mallet, dama de compañía en la vejez de Victoria, se lamentaba a menudo de que “la cena de la reina estaba programada para durar exactamente media hora. El servicio era tan rápido que una lenta comensal como yo nunca tenía tiempo de terminar. Picar como un pájaro solía satisfacer mi hambre, pero no podía disfrutarlo“.

Junto con la mesa y lo que se pone encima, Victoria estaba hambrienta de otras tantas cosas: las joyas la apasionaban, también lo cotilleos que le contaba Mr. John Brown, su amante escocés. Los affaires sentimentales fueron otra de las grandes pasiones de la reina. No solo las relaciones con el ya célebre escocés John Brown, sino también con un sirviente hindú, Abdul Karim, del que se sospecha tuvo incluso un hijo, fueron la comidilla de las clases altas.

La reina victoria en la mesa.

Entre todos estos apetitos, quizás el más relevante fue la expansión, en todos los sentidos de la palabra. Si algún monarca europeo se ha preocupado de diseminar sus genes, esa fue la reina Victoria. Durante su vida tuvo 9 hijos legítimos y 26 nietos, la mayoría de los cuales contrajeron matrimonio con otros miembros de la realeza europea. No en vano se ha ganado el apodo de «la abuela de Europa». Su reinado duró casi 64 años, convirtiéndose en el segundo más largo de la historia del Reino Unido, solo igualado, como es bien sabido, por su tataranieta Isabel II. Victoria engordaba al tiempo que conquistaba, como Enrique octavo engordaba a base de casarse y decapitar a sus mujeres. La comparación, si bien desafortunada, pone en relieve un especial carácter megalómano de lo monárquico sin el cual reinar es casi imposible.

La familia Real al completo en una fotografía de finales de siglo XIX.

Esta imagen de depredadora (veraz, aunque ciertamente exagerada) tiene un sentido histórico. La visión negativa de lo victoriano ha perdurado durante mucho tiempo. En primer lugar, por representar una sociedad muy estratificada, recatada y con un exceso de mojigatismo. En segundo lugar, por ser la máxima representante de las aspiraciones imperialistas de Inglaterra y, siendo exitosa en sus empeños, la responsable de muchos de los dramas coloniales. El revisionismo histórico, poco a poco, va desenterrando sus grandes logros, y sin pasar por alto su política imperialista, sabe apreciar los valores de la monarca. Mucho de este trabajo de investigación está basado en los 122 diarios personales que llevó durante su vida, y que no solo dan a conocer de un forma íntima la gran influencia que ejerció en sus ministros, sino su temor a que algún día le faltara lo que comer.

Este 2019 se celebra el 200 aniversario del nacimiento de la reina Victoria, monarca que representa casi el desarrollo de todo el siglo XIX inglés. Desde  A Orillas del Támesis, dedicaremos un espacio especial a tal efeméride para acercar la figura de este personaje clave para la cultura británica, europea y mundial.

Si has disfrutado de este artículo, apóyanos sutilmente. Nuestra mascota Marmite te lo agradecerá.
Become a Patron!